viernes, 29 de noviembre de 2013
Katia Vasilieva
Katia es una rusa que vive legalmente en los Estados Unidos y trabaja en una poderosa compañía de fabricación de joyas. Durante su estadía en Houston huyendo de "los fantasmas" de sus víctimas, Hernán se encontrará con esta bella mujer y mantendrá un romance con ella, sin imaginar que envolverse con ella iba a ser lo más peligroso que habrá hecho en su vida después de arruinar la existencia de Micaela Rojas.
Federico Bravo
Federico Bravo dirigirá junto a Alberto y Carla, hijo y esposa de Hernán, el "Informativo Valdés", antes conocido como "Valdés y Rojas", el periódico que dirigía Hernán junto con el fallecido Santiago. No se conoce nada sobre su pasado y es un gran amigo de Hernán aunque, cuando Federico descubra la verdadera cara de este, se pondrá en su contra.
Alberto Valdés
Alberto es el hijo de Hernán y Carla Valdés. Es un chico atractivo y guapo pero con un corazón contaminado por la maldad que heredó de su padre, el mismo que asesinó a los padres de Micaela y desgraciará su vida. Alberto conoce a la pelirroja desde que eran niños, aunque lleva muchos años sin verla. Sin embargo, su amor por la joven se ha mantenido intacto desde que eran niños y sólo una mujer hará que la olvide: Bianca, que, irónicamente, ella y Micaela serán la misma mujer.
Nuevos personajes.
Poco a poco, todos los personajes de esta historia están saliendo a la luz, aunque todavía quedan bastantes. Ahora toca presentar a tres, que serán muy importantes para la historia. A partir de ahora, estos tres personajes jugarán un papel muy relevante en La Venganza de Micaela, que, por una razón u otra, se verán inmiscuidos en la venganza de la protagonista.
A continuación, procederé a presentarlos.
miércoles, 27 de noviembre de 2013
Capítulo 6.
Hernán por fin llegó a casa. Las últimas horas habían sido las más intensas de su vida. Al entrar por la puerta, vio a Beatriz sentada en el sofá, que dejó de leer una revista que tenía entre las manos para mirar a Hernán. A este se le encogió el corazón y se sobresaltó. Abrió y cerró los ojos y, entonces vio que quien estaba allí no era Beatriz, sino Carla, su esposa.
- ¿Qué te pasa, Hernán? Tienes mala cara - aseguró Carla preocupada levantándose para ir a saludar a su marido.- Estás muy alterado.
- ¡No me pasa nada, Carla! ¡Déjame en paz, joder! - gritó Hernán sin pensárselo dos veces, provocando una gran confusión en Carla.
- ¿Eso que tienes en la cara es... sangre? - Carla comenzó a asustarse. Hernán nunca le había hablado de esa forma, nunca le habría gritado porque ahora era cuando estaba mostrando su verdadera cara. Fue a su habitación y se quitó la ropa. Carla le siguió.- ¿Te han hecho algo? ¿Estás bien?
- ¡¿Quieres callarte de una puñetera vez?! - Hernán volvió la cara y, al mirar a su esposa, vio la aparición de Beatriz justo detrás de ella, apoyando sus manos en los hombros de Carla y mirando a Hernán fijamente con una sonrisa que aterrorizaba. Hernán reaccionó empujando a su esposa hacia atrás mientras gritaba para dejar salir su ira. Carla chocó contra la mesa de noche y miró a Hernán como si estuviese frente al mismo demonio.- ¡Vete de aquí! ¡Fuera!
Hernán abrió su armario y los cajones donde guardaba su ropa y la sacó toda a puñados, sin mirar siquiera lo que estaba cogiendo. Carla no entendía absolutamente nada, parecía que estaba en una película de terror.
- ¿Qué estás haciendo? - Hernán cogió dos maletas de cuero que estaban arriba del armario y las llenó de toda su ropa y de los objetos más importantes. Carla se acercó a su esposo y le propinó una sonora bofetada.- ¡Hernán! ¡¿Qué cojones estás haciendo?!
- ¡Tú a mí no vas a pegarme, zorra! - Hernán le devolvió la bofetada a su esposa, que cayó sentada en la cama por la fuerza que había usado su marido para golpearla.- ¡Me voy! ¡Tú no has visto esto! ¡Tú no has visto nada y yo he estado contigo todo el día! ¡¿De acuerdo?!
- Hernán... Estoy muy asustada... Dime qué ha pasado, por favor... - Carla empezó a llorar. Hernán decidió tranquilizarse y la abrazó.- He cometido un grave error y tengo que irme, necesito irme de aquí. Si te preguntan diles que estoy en un viaje de negocios en el extranjero, en Canadá. Y digan lo que digan, he pasado el día contigo y no me has visto así... Si no haces lo que te he pedido, probablemente acabe en la cárcel y Alberto perdería a su padre. ¿No queremos que pase eso, verdad?
- No... - negó Carla agachando la cabeza con la voz temblorosa.
- No hagas más preguntas, por tu bien... Sólo déjame ir y haz lo que te he pedido. Alberto acabará sus estudios pronto y vendrá a casa, no estarás sola - le recordó Hernán tratando de hacer que se relajase.
- ¿Cuándo volverás? - preguntó Carla sumisa a sus órdenes.
- No lo sé... Cuando todo esto haya pasado.
- ¿Qué te pasa, Hernán? Tienes mala cara - aseguró Carla preocupada levantándose para ir a saludar a su marido.- Estás muy alterado.
- ¡No me pasa nada, Carla! ¡Déjame en paz, joder! - gritó Hernán sin pensárselo dos veces, provocando una gran confusión en Carla.
- ¿Eso que tienes en la cara es... sangre? - Carla comenzó a asustarse. Hernán nunca le había hablado de esa forma, nunca le habría gritado porque ahora era cuando estaba mostrando su verdadera cara. Fue a su habitación y se quitó la ropa. Carla le siguió.- ¿Te han hecho algo? ¿Estás bien?
- ¡¿Quieres callarte de una puñetera vez?! - Hernán volvió la cara y, al mirar a su esposa, vio la aparición de Beatriz justo detrás de ella, apoyando sus manos en los hombros de Carla y mirando a Hernán fijamente con una sonrisa que aterrorizaba. Hernán reaccionó empujando a su esposa hacia atrás mientras gritaba para dejar salir su ira. Carla chocó contra la mesa de noche y miró a Hernán como si estuviese frente al mismo demonio.- ¡Vete de aquí! ¡Fuera!
Hernán abrió su armario y los cajones donde guardaba su ropa y la sacó toda a puñados, sin mirar siquiera lo que estaba cogiendo. Carla no entendía absolutamente nada, parecía que estaba en una película de terror.
- ¿Qué estás haciendo? - Hernán cogió dos maletas de cuero que estaban arriba del armario y las llenó de toda su ropa y de los objetos más importantes. Carla se acercó a su esposo y le propinó una sonora bofetada.- ¡Hernán! ¡¿Qué cojones estás haciendo?!
- ¡Tú a mí no vas a pegarme, zorra! - Hernán le devolvió la bofetada a su esposa, que cayó sentada en la cama por la fuerza que había usado su marido para golpearla.- ¡Me voy! ¡Tú no has visto esto! ¡Tú no has visto nada y yo he estado contigo todo el día! ¡¿De acuerdo?!
- Hernán... Estoy muy asustada... Dime qué ha pasado, por favor... - Carla empezó a llorar. Hernán decidió tranquilizarse y la abrazó.- He cometido un grave error y tengo que irme, necesito irme de aquí. Si te preguntan diles que estoy en un viaje de negocios en el extranjero, en Canadá. Y digan lo que digan, he pasado el día contigo y no me has visto así... Si no haces lo que te he pedido, probablemente acabe en la cárcel y Alberto perdería a su padre. ¿No queremos que pase eso, verdad?
- No... - negó Carla agachando la cabeza con la voz temblorosa.
- No hagas más preguntas, por tu bien... Sólo déjame ir y haz lo que te he pedido. Alberto acabará sus estudios pronto y vendrá a casa, no estarás sola - le recordó Hernán tratando de hacer que se relajase.
- ¿Cuándo volverás? - preguntó Carla sumisa a sus órdenes.
- No lo sé... Cuando todo esto haya pasado.
*******************
Ahí estaba, frente a ella, un cajón de madera en el que estaba el cuerpo de su padre, que sería enterrado a dos metros bajo tierra en minutos. Ni siquiera podía enterrar a su madre... Todo era tan doloroso que apenas podía respirar sin que le doliese el pecho. Saúl estaba a su derecha, agarrándole la mano con fuerza para transmitirle ánimo. Adriana, a su izquierda, sosteniendo su otra mano. Carla también estaba allí, con una mezcla de sentimientos entre la tristeza de perder a sus amigos y la sospecha de que Hernán tenía algo que ver en todo eso. Ezequiel, con sus gafas de sol, oteaba en el horizonte como volaban dos pajarillos juntos.
El cura pronunció un emotivo sermón que sacó todas las lágrimas que soportaban los ojos de Micaela. Saúl, aunque no conocía a los que podrían ser sus suegros, no pudo evitar llorar, igual que Adriana. Todos lloraban excepto Ezequiel, que no parecía mostrar ninguna emoción.
Cuando el pastor finalizó su discurso, todos se retiraron, excepto Micaela, Saúl, Adriana y Ezequiel. Micaela se lanzó de rodillas al suelo junto a la lápida y lloró aún más fuerte. Abrazó la lápida de su padre. Adriana se mordió el labio inferior para soportar tal aflicción. Saúl levantó a Micaela del suelo y la abrazó con fuerza. Fueron hasta el coche que Ezequiel conducía, pero este quedó atrás. Aprovechó que los chicos se habían ido para acercarse al cura y darle un fajo de billetes de 50 euros amarrados con una cinta elástica. Entonces, Ezequiel fue donde los chicos estaban esperando y tomaron el camino a casa.
El camino en el coche transcurría en silencio. Adriana y Saúl estaban sentados atrás con Micaela, que tenía su cabeza descansando en el hombro de su novio. Ezequiel, de vez en cuando, miraba por el espejo para ver a la chica... A esa chica que ahora se convertiría en una hija para él.
*******************
Dos semanas después...
Aunque Micaela seguía muy afectada por todo lo sucedido, poco a poco parecía ir escalando hacia arriba del pozo en el que había caído. Mientras estaba tumbada en la cama mirando al techo, pensó en que el apoyo de Saúl, Adriana y Ezequiel habían sido esenciales para ella en estos 14 días.
A los pocos días del funeral, Micaela dejó de ser menor de edad y, aunque no hubo fiesta ni celebración, su novio, su mejor amiga y Ezequiel pasaron el día con ella, le compraron una tarta y le regalaron ropa y otros detalles. Aunque la chica no tenía ganas de sonreír, hizo el esfuerzo para no menospreciarlos después de lo bien que se habían portado con ella.
Adriana había sido su mejor amiga desde pequeña. Aunque Micaela se fue con sus padres a Barcelona durante un par de años, habían seguido en contacto y viéndose. Aunque tardaran meses en verse, cuando lo hacían, se hablaban como si lo hicieran cada día y se contaban todo. La confianza entre las chicas se mantuvo intacta. Ahora, volverían a separarse, pero Micaela sabía que Adriana seguiría ahí, ya que amigas como ella son de las que duran para toda la vida y jamás se separan. Cogió el móvil y le mandó un mensaje. Ya se había despedido de ella hacía unas horas, Ezequiel la llevó a su casa, pero quería escribirle para recordarle lo importante que era para ella: "Gracias por todo, Adri. Sabes que eres esencial en mi vida y que tienes una casa en Valencia para cuando quieras. Ven pronto, necesito seguir viéndote. Te quiero mucho." Dejó el móvil a un lado, se levantó de la cama y fue a la cocina. Eran las cinco de la mañana, quedaba poco para dejar esa casa en la que había vivido menos tiempo del que esperaba y en la que cada rincón le suponía un recuerdo. Se echó un vaso de leche y abrió la ventana de la cocina. Echó un vistazo al paquete de tabaco de Ezequiel que había en la encimera y, dejándose llevar por la curiosidad, cogió uno, lo encendió con una cerilla y, a la primera calada, comenzó a toser como una condenada. Tiró el cigarro por la ventana y se terminó el vaso de leche.
Se sentó encima de la encimera y miró al cielo. Aún estaba oscuro. Abajo había una mujer borracha llorando, suplicándole a dos agentes de policía que no se la llevaran detenida. Estaba conduciendo bajo los efectos del alcohol y había chocado contra un contenedor. Será ese el ruido que escuchó y que la despertó cuando sólo llevaba menos de una hora durmiendo.
Pensó en Ezequiel, aquel hombre del que nunca había oído hablar pero que tanto sabía sobre ella y sus padres. Investigó por su cuenta y descubrió que todo lo que le contó este era verdad. Fue el psicólogo de su madre durante años y, que mayor prueba de su secreta y escondida amistad con sus padres que en el testamento de ambos le cedían su tutela al hombre en el caso de que les pasara algo a Beatriz y Santiago. Aunque ya tenía 18 años, Ezequiel decidió llevarse a Micaela lejos de Madrid y cuidarla y protegerla, ayudándola en sus estudios e intentando hacer de su vida algo más fácil. Micaela también le estaba muy agradecida a él.
Salió de la cocina. Había pasado ya media hora desde que fue a por el vaso de leche y se quedó esperando a ver que pasaba con la mujer, a la que al final llevaron detenida. Quedaban treinta minutos más para que ella y Ezequiel llevaran las maletas hasta el taxi que vendría a buscarlos a las 5.15 de la mañana a la puerta de su casa, pero para el momento más difícil del día quedaban sólo quince minutos... Saúl iría a despedirse de ella antes de que partiera a Valencia. A Micaela le asustaba eso... Se había enamorado de él, estaba enamorada por primera vez en su vida de un chico al que le alegró la vida, de un chico del que sabe todo lo que lleva a sus espaldas: su madre murió al darlo a luz, su padre lo culpa, es alcohólico... Y ahora ella tenía que dejarlo solo y ella iba a estar sin él también ahora. ¿Y si la olvidaba y se enamoraba de otra? ¿Y si no la olvidaba y sufría también por estar enamorado de una chica que vivía tan lejos de él? Llevaban poco tiempo juntos y ni siquiera habían hecho el amor, pero Micaela estaba loca por él y se había acostumbrado a sus besos, a sus caricias, a sus abrazos... Eran tantos cambios en tan poco tiempo que apenas podía concienciarse de su nueva vida.
Micaela encendió la lámpara del salón y tomó asiento en el butacón de piel en el que se sentaba Santiago para leer el periódico mientras le comentaba las noticias más importantes a Beatriz, que se sentaba en el sofá de enfrente a leer sus revistad con tips de salud y belleza. Micaela recordó como Beatriz ignoraba a Santiago cuando este se quejaba de los acontecimientos mundiales exageradamente y sólo se concentraba en lo que debía hacer para aparentar ser más joven. Una media sonrisa teñida de melancolía, una lágrima furtiva que secó cuando llamaron a la puerta. Saúl estaba allí, como un cachorrillo abandonado en la calle, muerto de frío y sucio. Estaba despeinado, temblando, triste... Micaela se enganchó a su cuello y lo besó, lo besó como si no fuera a verlo nunca más, como si esa despedida fuera definitiva. Sus labios se movían a un ritmo frenético enlazados el uno al otro.
- Te quiero, preciosa. Te quiero muchísimo y no quiero perderte por nada de este mundo... Quiero seguir teniendo estos besos, estos abrazos, quiero seguir viendo esos hermosos ojos azules... - dijo Saúl antes de volver a besar a Micaela.- Iré a verte casi todos los fines de semana y si no te has aburrido de mí para entonces, me mudaré a Valencia para estar cerca de ti en unos meses.
- ¿Aburrirme de ti? ¿Estás de broma? Quiero que estés conmigo, quiero estar contigo. Si fuera por mí te acompañaría hasta el fin del mundo pero no puedo... Todo es tan complicado... - Micaela agachó la cabeza. Saúl agarró su barbilla y se la levantó, dándole un beso en la frente.- ¿Sabes que te quiero?
- Lo sé, y ojalá que me quieras aunque sea la mitad de lo que yo te quiero, porque eso sería suficiente para que me quisieras toda la vida...
Un beso y un hasta pronto con sabor amargo fueron los protagonistas de la despedida entre Saúl y Micaela. A medida que el taxi avanzaba a lo largo de la calle madrileña, Micaela miraba hacia atrás a través del cristal a un devastado Saúl. Le dolía en el alma irse pero debía hacerlo... Una nueva vida le esperaba en Valencia, el lugar que marcaría su vida para siempre.
jueves, 21 de noviembre de 2013
PROMO EXCLUSIVO de la Nueva Etapa.
Comienza una nueva etapa en La Venganza de Micaela, una serie de sucesos que seguirán marcando la vida de nuestra protagonista...
miércoles, 20 de noviembre de 2013
Capítulo 5.
Micaela llegó a casa. No había nadie. Le parecía raro porque a esta hora ya sus padres solían estar en casa. Se fija en que faltan las llaves de los dos coches. En cualquier otro día le habría dado igual, pero en este, después de ese mal presentimiento, estaba muy preocupada. Miró por la ventana para ver si Saúl seguía allí para pedirle que subiera y le hiciera compañía, pero ya se había ido. Fue al teléfono y marcó el número de su madre. Apagado... Marcó el de Santiago y apagado también... Estaba intranquila. Decidió llamar a Hernán, quizás él sabía algo sobre el paradero de sus padres.
Hernán estaba histérico, sudando, temblando... Tenía sangre en la cara, tres cadáveres a su alrededor, entre ellos los de Santiago y Beatriz. Hernán se adueñó de los móviles de sus tres víctimas, de la pistola de Enrique y de la suya. Acababa de volver de afuera, había ido al coche a buscar un bidón de gasolina y lo tenía en la última escalera que llevaba al sótano. Regó la gasolina por todo el lugar, por el suelo, por encima de Beatriz, de Santiago, de Enrique, por las paredes... Cerró la ventana que había en la pared norte y fue hasta la escalera. Una vez allí, lanzó el bidón dentro del sótano, encendió una cerilla y la arrojó al suelo. Hernán se dirigió a toda prisa hasta su coche sin percatarse, gracias a la oscuridad, de que, al otro lado del polígono, un hombre esperaba en su vehículo a que Hernán se fuera cuando empezó a ver humo y a oler a quemado. El hombre salió a la velocidad de la luz del coche y comenzó a gritar el nombre de Beatriz.
La desesperación se apoderó de Micaela. Hernán no le contestaba, sus padres tenían los móviles apagados, no estaban en casa, se habían llevado los coches... Ahora llamó a Carla, la esposa de Hernán y mejor amiga de su madre. Esta sí que le contestó.
- ¿Sí? - dijo Carla contestando al teléfono.
- Carla, soy yo, Micaela, ¿estás con mis padres? - preguntó Micaela impaciente por su respuesta.
- No, cariño, hoy no los he visto a ninguno de los dos en todo el día y llevo desde antes de ayer sin hablar con tu madre - respondió Carla.- ¿Necesitas algo, mi vida?
- No, sólo que estoy preocupada, porque no están en casa, no están las llaves de los coches y tienen el móvil apagado - explicó Micaela, suspirando.
- ¿Has llamado a Hernán? Puede que estén con él, yo es que estoy enferma, cariño, he pillado la gripe y estoy en mi mundo, no salgo ni sé nada de nada más allá de las cuatro paredes de mi habitación - comentó Carla antes de estornudar desde la calidez de su cama.
- Sí, lo he llamado pero no contesta...
- No te preocupes, cielo. Espéralos un poco más, quizás les ha surgido algo. Si ves que tardan mucho, llámame y le digo a Hernán que te vaya a recoger y nos vamos los tres a buscarlos, ¿vale? ¿Quieres que te pida algo de comida? - Carla le tenía mucho cariño a Micaela, la había visto crecer, era como la hija que necesitaba para cubrir el vacío de tener a Alberto lejos por decisión de Hernán.
- No, no, gracias, Carla, aquí tengo una pizza. La meteré en el horno y listo, no te molestes - dijo Micaela débilmente.
- Como quieras, cariño. Llámame si necesitas algo, un beso.
Habían pasado 25 minutos desde que Hernán había huido del polígono y Micaela había llegado a casa. El malvado hombre ya había llegado a su destino, a El Pardo, una población madrileña de poco más de 3.500 habitantes. Eran las 22.46 horas, todo estaba oscuro y nadie advirtió su presencia. Entre los bosques del pueblo, Hernán encontró el lugar oportuno. Se topó con un árbol frondoso y grande, pero delgado donde realizó una marca con una navaja que llevaba en el bolsillo de su chaqueta, marcando una "H". De repente, oyó unos arbustos moverse y el aullido de un lobo. Se le pusieron los pelos de punta y se dio la vuelta rápidamente... Tan sólo era el viento agitando la vegetación del lugar. Se arrodilló en el suelo y comenzó a cavar un hoyo con sus propias manos. De nuevo, escuchó como los matorrales se zarandeaban. Volvió a mirar, pero esta vez, su rostro tomó un aspecto cadavérico. Allí estaba, frente a él, Santiago Rojas, su amigo, con su camisa blanca llena de sangre, que también fluía de su boca. Santiago sonrió perversamente y Hernán frotó sus ojos. Cuando volvió a mirar, ya no estaba. Quería terminar e irse de allí cuanto antes, así que siguió cavando hasta encontrar la profundidad adecuada. Allí, en el boquete, depositó las dos pistolas y los móviles de los muertos que había dejado atrás y que estaban inservibles. Mientras cerraba el agujero, escuchó una tenue y maléfica risa de mujer en su oído. Miró de reojo a su derecha y descubrió a Beatriz al lado riéndose. Hernán quedó inerte y estaba pálido.
- Vas a pagar todas y cada una de tus maldades... Arderás en las llamas del infierno - aseguró la aparición de Beatriz. Esta reía y reía, haciando vibrar todas y cada una de las plantas del lugar. Hernán gritó, atemorizado. No aguantó más y huyó, tomando el camino a casa.
Micaela le había mandando un mensaje a Saúl pidiendo que fuera a su casa. Este fue enseguida y estaba allí, acompañándola. Los dos estaban sentados en el sofá, tapados con una manta y Micaela tenía la cabeza apoyada en el pecho de su novio. Saúl acariciaba su pelo mientras miraban la tele. No sabía nada de Beatriz ni Santiago desde esa misma mañana y estaba desesperada.
Al polígono llegaron la policía y los bomberos. Sólo pudieron rescatar parte del cuerpo de Santiago. Los bomberos, tras apagar el fuego, se marcharon y, en ese momento, llegó la ambulancia para recoger el cuerpo sin vida de Santiago. Dos agentes de policía comenzaron a hacer preguntas al hombre que estaba también allí.
- ¿Quién es usted y qué hacía por aquí? - preguntó uno de los agentes sacando una libreta y un lápiz.
- Me llamo Ezequiel Camargo, soy amigo de la familia - contestó afectado por la situación.- Soy el psicólogo de Beatriz Rojas desde hace muchos años y ella me llamó pidiéndome que viniera aquí.
- ¿Qué le llamó para venir aquí? ¿Para qué? - el policía continuó su interrogatorio.
- Temía por su vida. Venía a verse con un hombre, que según ella, era muy peligroso y me pidió que viniera a ayudarla - explicó Ezequiel.- Cuando vine, todo estaba ardiendo. Entré rápido, pero sólo pude sacar el cuerpo de Santiago... El de Beatriz y el del otro hombre estaban atrapados por algunas tejas de madera y no pude hacer nada.
- ¿Conocía al otro hombre? ¿Era el hombre peligroso que su paciente le mencionó? ¿Qué hacía Santiago Rojas?
- No lo conozco de nada y no sé a qué hombre se refería la señora Rojas. En cuanto a la presencia de Santiago, no tengo la menor idea... - reconoció Ezequiel, que seguía muy afligido por todo.- No sé nada más agentes, pero si necesitan algo más, aquí tienen mi tarjeta.
- Le llamaremos para realizar un seguimiento de sus llamadas. Y si es posible, no se vaya de la ciudad - pidió el otro agente con tono autoritario.
- ¿Acaso soy sospechoso? - preguntó Ezequiel riendo molesto.
- Eso no es una pregunta que usted deba hacer.
Ezequiel le dio su tarjeta al agente y les dio la espalda, con una mezcla de sentimientos que no le dejaban siquiera respirar en paz... Tristeza, impotencia, rabia... Miró atrás, donde estaba antes esperando a que Hernán se fuera y vio que su coche ya no estaba allí. Con una tranquilidad extraña y misteriosa, cogió su móvil y llamó a la central madrileña de taxis para pedir uno.
El timbre sonó. Micaela no espero ni un segundo antes de levantarse y dirigirse a la puerta sin vacilar. Su confusión fue a más cuando, quien llamaba a su puerta, era un completo desconocido. ¿Qué estaba pasando? Estaba siendo un día tan raro para ella...
- Hola, Micaela. Supongo que no me conocerás, me llamo Ezequiel... - estaba nervioso. No sabía cómo actuar, qué decir... Se parecía tanto a Beatriz y todo era tan reciente.- Soy un amigo de tu madre.
- ¿Un amigo de mi madre? ¿Está contigo? - preguntó Micaela impaciente por encontrarse con sus progenitores.- ¿Has visto a mi padre?
- Micaela... Tengo algo que contarte...
Saúl, desde el sofá, escuchó a Micaela llorar. Fue allí, quería saber qué estaba pasando para que su pelirroja llorase. Micaela estaba abrazada a Ezequiel, que se contenía por no explotar y seguir a la chica en su llanto. Micaela empujó al psicólogo, Saúl quiso preguntar qué pasaba, pero también lo empujó a él. La noticia fue un veneno que la estaba devorando interiormente. Gritaba, una y otra vez, gritaba sin parar, llamando a su padre y a su madre, llamándolos a voces, tirando todo al suelo. Sus manos eran como demoledoras que arrasaban con todo a su paso... Los jarrones, las vajillas, todos los libros... El suelo estaba repleto de todo aquello que estaba perfectamente ordenado. Saúl no aguantó más y fue a ella. Le agarró los brazos.
- ¡Micaela, para! ¡Para! - exigió él a punto de llorar por ver a la chica en tan tremenda situación.
- ¡No están! ¡No están, Saúl! ¡¿No entiendes?! ¡Se han ido! ¡Se han ido y no voy a volver a verlos! ¡No están!
Micaela se soltó... Se derrumbó.en el suelo. Intentaba respirar lentamente, pero no podía.... Dirigió sus ojos al techo pero sin ver nada que no fuera la imagen de Beatriz, Santiago y ella juntos. Recordó lo que significaban para ella. Sólo quería verlos, verlos una última vez, abrazarlos... No podía hablar, no podía gritar más, ni decir nada... Sólo lloraba, lloraba y lloraba mientras todo lo que quería decir se rompía en sus dientes, sin salir a relucir. Una lágrima asomó en cada ojo de Saúl... Ezequiel posó su mano sobre el hombro del chico. Ni los años de experiencia ni de estudio eran útiles para Ezequiel en ese momento, ya que él, por una razón u otra, también estaba destrozado.
Hernán estaba histérico, sudando, temblando... Tenía sangre en la cara, tres cadáveres a su alrededor, entre ellos los de Santiago y Beatriz. Hernán se adueñó de los móviles de sus tres víctimas, de la pistola de Enrique y de la suya. Acababa de volver de afuera, había ido al coche a buscar un bidón de gasolina y lo tenía en la última escalera que llevaba al sótano. Regó la gasolina por todo el lugar, por el suelo, por encima de Beatriz, de Santiago, de Enrique, por las paredes... Cerró la ventana que había en la pared norte y fue hasta la escalera. Una vez allí, lanzó el bidón dentro del sótano, encendió una cerilla y la arrojó al suelo. Hernán se dirigió a toda prisa hasta su coche sin percatarse, gracias a la oscuridad, de que, al otro lado del polígono, un hombre esperaba en su vehículo a que Hernán se fuera cuando empezó a ver humo y a oler a quemado. El hombre salió a la velocidad de la luz del coche y comenzó a gritar el nombre de Beatriz.
La desesperación se apoderó de Micaela. Hernán no le contestaba, sus padres tenían los móviles apagados, no estaban en casa, se habían llevado los coches... Ahora llamó a Carla, la esposa de Hernán y mejor amiga de su madre. Esta sí que le contestó.
- ¿Sí? - dijo Carla contestando al teléfono.
- Carla, soy yo, Micaela, ¿estás con mis padres? - preguntó Micaela impaciente por su respuesta.
- No, cariño, hoy no los he visto a ninguno de los dos en todo el día y llevo desde antes de ayer sin hablar con tu madre - respondió Carla.- ¿Necesitas algo, mi vida?
- No, sólo que estoy preocupada, porque no están en casa, no están las llaves de los coches y tienen el móvil apagado - explicó Micaela, suspirando.
- ¿Has llamado a Hernán? Puede que estén con él, yo es que estoy enferma, cariño, he pillado la gripe y estoy en mi mundo, no salgo ni sé nada de nada más allá de las cuatro paredes de mi habitación - comentó Carla antes de estornudar desde la calidez de su cama.
- Sí, lo he llamado pero no contesta...
- No te preocupes, cielo. Espéralos un poco más, quizás les ha surgido algo. Si ves que tardan mucho, llámame y le digo a Hernán que te vaya a recoger y nos vamos los tres a buscarlos, ¿vale? ¿Quieres que te pida algo de comida? - Carla le tenía mucho cariño a Micaela, la había visto crecer, era como la hija que necesitaba para cubrir el vacío de tener a Alberto lejos por decisión de Hernán.
- No, no, gracias, Carla, aquí tengo una pizza. La meteré en el horno y listo, no te molestes - dijo Micaela débilmente.
- Como quieras, cariño. Llámame si necesitas algo, un beso.
Habían pasado 25 minutos desde que Hernán había huido del polígono y Micaela había llegado a casa. El malvado hombre ya había llegado a su destino, a El Pardo, una población madrileña de poco más de 3.500 habitantes. Eran las 22.46 horas, todo estaba oscuro y nadie advirtió su presencia. Entre los bosques del pueblo, Hernán encontró el lugar oportuno. Se topó con un árbol frondoso y grande, pero delgado donde realizó una marca con una navaja que llevaba en el bolsillo de su chaqueta, marcando una "H". De repente, oyó unos arbustos moverse y el aullido de un lobo. Se le pusieron los pelos de punta y se dio la vuelta rápidamente... Tan sólo era el viento agitando la vegetación del lugar. Se arrodilló en el suelo y comenzó a cavar un hoyo con sus propias manos. De nuevo, escuchó como los matorrales se zarandeaban. Volvió a mirar, pero esta vez, su rostro tomó un aspecto cadavérico. Allí estaba, frente a él, Santiago Rojas, su amigo, con su camisa blanca llena de sangre, que también fluía de su boca. Santiago sonrió perversamente y Hernán frotó sus ojos. Cuando volvió a mirar, ya no estaba. Quería terminar e irse de allí cuanto antes, así que siguió cavando hasta encontrar la profundidad adecuada. Allí, en el boquete, depositó las dos pistolas y los móviles de los muertos que había dejado atrás y que estaban inservibles. Mientras cerraba el agujero, escuchó una tenue y maléfica risa de mujer en su oído. Miró de reojo a su derecha y descubrió a Beatriz al lado riéndose. Hernán quedó inerte y estaba pálido.
- Vas a pagar todas y cada una de tus maldades... Arderás en las llamas del infierno - aseguró la aparición de Beatriz. Esta reía y reía, haciando vibrar todas y cada una de las plantas del lugar. Hernán gritó, atemorizado. No aguantó más y huyó, tomando el camino a casa.
Micaela le había mandando un mensaje a Saúl pidiendo que fuera a su casa. Este fue enseguida y estaba allí, acompañándola. Los dos estaban sentados en el sofá, tapados con una manta y Micaela tenía la cabeza apoyada en el pecho de su novio. Saúl acariciaba su pelo mientras miraban la tele. No sabía nada de Beatriz ni Santiago desde esa misma mañana y estaba desesperada.
Al polígono llegaron la policía y los bomberos. Sólo pudieron rescatar parte del cuerpo de Santiago. Los bomberos, tras apagar el fuego, se marcharon y, en ese momento, llegó la ambulancia para recoger el cuerpo sin vida de Santiago. Dos agentes de policía comenzaron a hacer preguntas al hombre que estaba también allí.
- ¿Quién es usted y qué hacía por aquí? - preguntó uno de los agentes sacando una libreta y un lápiz.
- Me llamo Ezequiel Camargo, soy amigo de la familia - contestó afectado por la situación.- Soy el psicólogo de Beatriz Rojas desde hace muchos años y ella me llamó pidiéndome que viniera aquí.
- ¿Qué le llamó para venir aquí? ¿Para qué? - el policía continuó su interrogatorio.
- Temía por su vida. Venía a verse con un hombre, que según ella, era muy peligroso y me pidió que viniera a ayudarla - explicó Ezequiel.- Cuando vine, todo estaba ardiendo. Entré rápido, pero sólo pude sacar el cuerpo de Santiago... El de Beatriz y el del otro hombre estaban atrapados por algunas tejas de madera y no pude hacer nada.
- ¿Conocía al otro hombre? ¿Era el hombre peligroso que su paciente le mencionó? ¿Qué hacía Santiago Rojas?
- No lo conozco de nada y no sé a qué hombre se refería la señora Rojas. En cuanto a la presencia de Santiago, no tengo la menor idea... - reconoció Ezequiel, que seguía muy afligido por todo.- No sé nada más agentes, pero si necesitan algo más, aquí tienen mi tarjeta.
- Le llamaremos para realizar un seguimiento de sus llamadas. Y si es posible, no se vaya de la ciudad - pidió el otro agente con tono autoritario.
- ¿Acaso soy sospechoso? - preguntó Ezequiel riendo molesto.
- Eso no es una pregunta que usted deba hacer.
Ezequiel le dio su tarjeta al agente y les dio la espalda, con una mezcla de sentimientos que no le dejaban siquiera respirar en paz... Tristeza, impotencia, rabia... Miró atrás, donde estaba antes esperando a que Hernán se fuera y vio que su coche ya no estaba allí. Con una tranquilidad extraña y misteriosa, cogió su móvil y llamó a la central madrileña de taxis para pedir uno.
El timbre sonó. Micaela no espero ni un segundo antes de levantarse y dirigirse a la puerta sin vacilar. Su confusión fue a más cuando, quien llamaba a su puerta, era un completo desconocido. ¿Qué estaba pasando? Estaba siendo un día tan raro para ella...
- Hola, Micaela. Supongo que no me conocerás, me llamo Ezequiel... - estaba nervioso. No sabía cómo actuar, qué decir... Se parecía tanto a Beatriz y todo era tan reciente.- Soy un amigo de tu madre.
- ¿Un amigo de mi madre? ¿Está contigo? - preguntó Micaela impaciente por encontrarse con sus progenitores.- ¿Has visto a mi padre?
- Micaela... Tengo algo que contarte...
Saúl, desde el sofá, escuchó a Micaela llorar. Fue allí, quería saber qué estaba pasando para que su pelirroja llorase. Micaela estaba abrazada a Ezequiel, que se contenía por no explotar y seguir a la chica en su llanto. Micaela empujó al psicólogo, Saúl quiso preguntar qué pasaba, pero también lo empujó a él. La noticia fue un veneno que la estaba devorando interiormente. Gritaba, una y otra vez, gritaba sin parar, llamando a su padre y a su madre, llamándolos a voces, tirando todo al suelo. Sus manos eran como demoledoras que arrasaban con todo a su paso... Los jarrones, las vajillas, todos los libros... El suelo estaba repleto de todo aquello que estaba perfectamente ordenado. Saúl no aguantó más y fue a ella. Le agarró los brazos.
- ¡Micaela, para! ¡Para! - exigió él a punto de llorar por ver a la chica en tan tremenda situación.
- ¡No están! ¡No están, Saúl! ¡¿No entiendes?! ¡Se han ido! ¡Se han ido y no voy a volver a verlos! ¡No están!
Micaela se soltó... Se derrumbó.en el suelo. Intentaba respirar lentamente, pero no podía.... Dirigió sus ojos al techo pero sin ver nada que no fuera la imagen de Beatriz, Santiago y ella juntos. Recordó lo que significaban para ella. Sólo quería verlos, verlos una última vez, abrazarlos... No podía hablar, no podía gritar más, ni decir nada... Sólo lloraba, lloraba y lloraba mientras todo lo que quería decir se rompía en sus dientes, sin salir a relucir. Una lágrima asomó en cada ojo de Saúl... Ezequiel posó su mano sobre el hombro del chico. Ni los años de experiencia ni de estudio eran útiles para Ezequiel en ese momento, ya que él, por una razón u otra, también estaba destrozado.
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